Texto: Deftone
Superar un fenómeno que recaudó más de mil millones de dólares no es tarea sencilla, pero Illumination y Nintendo han decidido que la mejor forma de hacerlo es apuntando literalmente a las estrellas. En esta nueva entrega, la franquicia abandona la calidez del Reino Champiñón para sumergirnos en un vacío espacial que es todo menos vacío; es una explosión cromática de dimensiones astronómicas que redefine los estándares de la animación actual. La película se siente como un viaje de alta velocidad a través de una juguetería galáctica, donde cada encuadre está saturado de detalles que harán que los seguidores más acérrimos del material original tengan que parpadear dos veces para procesar cada referencia.
La gran apuesta de esta secuela es la escala. Desde el primer instante, la transición de las plataformas terrestres a la gravedad cero se maneja con una fluidez técnica que justifica por sí sola el precio de la entrada. Sin embargo, en esa ambición por abarcar todas las galaxias posibles, la cinta sacrifica la profundidad emocional. El guion se percibe como una sucesión de niveles de videojuego hilados por una trama que apenas se detiene a explicar las motivaciones de sus nuevos integrantes. Si bien la introducción de Rosalina aporta un misticismo necesario y Yoshi se roba el corazón de la audiencia con una personalidad vibrante, el desarrollo de sus arcos se siente apresurado, casi supeditado al ritmo frenético de una persecución espacial que no da tregua.
A pesar de una estructura narrativa que podría tildarse de simplista, la experiencia auditiva y visual eleva el conjunto a algo que roza lo hipnótico. La banda sonora es un despliegue de genialidad que respeta las composiciones orquestales que hicieron época en la Wii, logrando que la nostalgia no sea solo un recurso barato, sino un motor emocional que impulsa la acción. Al final del día, estamos ante una obra que ignora las convenciones del cine de autor para entregarse de lleno al espectáculo puro. Es una película diseñada para ser vivida en la pantalla más grande posible, un recordatorio de que, a veces, el cine comercial no necesita ser complejo para ser absolutamente inolvidable.





