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Sirat

Texto: Jorge González

Sirat es una película que asume el riesgo de sostener múltiples equilibrios al mismo tiempo y, en buena medida, logra mantenerse en pie. Su recorrido por festivales y premiaciones no es casualidad: hay en ella una ambición formal y temática que suele ser celebrada por la crítica, una voluntad clara de construir una experiencia sensorial y reflexiva. Sin embargo, ese mismo afán por abarcarlo todo es también el punto donde la película comienza a tambalear.

Uno de sus mayores aciertos está en el diseño sonoro y la mezcla de audio, elementos que no funcionan como simple acompañamiento, sino como motores narrativos. La película abre con un rave en el desierto de Marruecos y aprovecha ese espacio con inteligencia, dejando que la música electrónica y el paisaje dialoguen de forma hipnótica. El sonido guía a los personajes y al espectador a través de un territorio árido que no solo es geográfico, sino también emocional y simbólico.

A partir de ahí, Sirat se despliega como una road movie que coquetea con el drama postapocalíptico. El mundo que rodea a los protagonistas se revela de manera fragmentaria, a través de encuentros escasos y señales inquietantes que sugieren un colapso más amplio. Lo perturbador es que ese “apocalipsis” no se percibe como una fantasía lejana, sino como un espejo deformado, pero reconocible, de nuestros propios desarrollos sociopolíticos. En esos ecos contemporáneos es donde la película encuentra su mayor potencia, cuando lo que insinúa resulta más inquietante que cualquier explicación explícita.

 

 

La construcción de personajes suele ser sólida y empática, pero es la historia que los contiene la que empieza a mostrar fisuras. Hay una sensación de que el filme no termina de decidir qué hacer con ellos ni hacia dónde quiere llevarlos. En su afán por sorprender, Sirat apuesta por giros abruptos y momentos de crudeza sombría que sacuden al espectador, aunque no siempre se sienten plenamente justificados desde lo narrativo. En contextos como el mexicano, donde la violencia y el shock suelen confundirse con profundidad, este recurso puede generar lecturas encontradas.

Visualmente, la película destaca por una fotografía cuidada y un ritmo pausado, casi contemplativo, que remitirá a los seguidores de Tarkovski. Aun así, se agradece que Sirat se sienta menos impostada que otras propuestas autorales contemporáneas, más orgánica en su forma de observar y menos preocupada por subrayar su trascendencia. El problema surge cuando abandona demasiado pronto su propio impulso narrativo, sin entregarse del todo a la carga metafórica que su título promete.

En esa tensión entre lo que sugiere y lo que finalmente desarrolla se encuentra la clave de Sirat. Una película poderosa en lo sensorial y sugerente en lo conceptual, pero que deja la sensación de haber renunciado demasiado rápido a profundizar en el camino que ella misma había trazado. Es en esa dicotomía donde se define su lugar: una obra estimulante, imperfecta y, precisamente por ello, abierta a la discusión.

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