Texto: Rocío Reséndiz
Fotografías: OCESA / José Jorge Carreón
La Habana volvió a sonar en la Ciudad de México, el Pabellón Oeste del Palacio de los Deportes se transformó en una extensión de la isla cuando Orishas, pioneros del hip hop cubano y embajadores de la fusión afrolatina, subieron al escenario frente a un público que abarrotó el recinto con la expectativa de un reencuentro largamente esperado.
Desde el inicio, la propuesta fue clara: un espectáculo que no se conforma con entretener, sino que también dialoga con la identidad, la memoria y la diáspora cubana. Con la bandera de Cuba proyectada en pantallas y los primeros acordes de Represent, Yotuel y Roldán marcaron la pauta de un show que navegaría entre el gozo del baile y la reflexión social. La gente respondió de inmediato, coreando cada verso y marcando el beat con palmas, en una comunión que pocas agrupaciones logran sostener durante más de hora y media.

El setlist recorrió la discografía fundamental del grupo, con detonantes como Hay un Son, Atrevido, Mística, Habana 157y la inevitable 537 C.U.B.A., que provocó un estallido de euforia colectiva. La interpretación de No Hace Falta Na y Qué Pasa reafirmó el carácter híbrido del proyecto: un cruce entre rap de rima filosa y cadencias de son, rumba y timba que, más de dos décadas después de su debut, siguen sonando contemporáneas.
Uno de los momentos más emotivos llegó cuando Roldán, visiblemente limitado por problemas de salud que le impidieron permanecer de pie todo el tiempo, se mantuvo en escena con una entrega que conmovió al público. Lejos de restar, su vulnerabilidad añadió un matiz de honestidad que reforzó la idea de Orishas como un proyecto que no se esconde tras el artificio. La interacción con la audiencia fue constante: desde la fan que subió a bailar con Yotuel hasta el sombrero de charro que Roldán recibió y portó con orgullo, en un gesto que sintetizó la fusión cultural de la noche.
El clímax emocional se alcanzó con Cuba Isla Bella, interpretada primero en una versión acústica cargada de intimidad, para luego cerrar con la fuerza de su arreglo original, un himno que celebra la raíz y la pertenencia. La canción fue despedida con voces coreando “¡Cuba, Cuba!”, pero también con la sensación de que México, en esa noche, se volvió parte de esa isla.

Orishas no solo repasó clásicos: reafirmó que el hip hop en español, cuando se entrelaza con tradiciones musicales de raíz, puede trascender modas y geografías. En el Pabellón Oeste, el grupo demostró por qué sigue siendo un referente del género urbano con conciencia social, un proyecto que no olvida su esencia ni renuncia a la fiesta. Fue un concierto que osciló entre la nostalgia y la resistencia, entre el baile y la palabra, y que dejó claro que Orishas todavía tiene mucho que decir.




