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Pulso GNP 2025: Entre Luces, Himnos y Pulso de Multitudes

Texto: Deftone

Fotografías: Deftone

La jornada del Pulso GNP 2025 comenzó antes de que el primer acorde resonara. Desde el acceso al Autódromo de Querétaro podía sentirse ese zumbido particular que antecede a los festivales bien construidos: una mezcla de expectación, ansiedad luminosa y un flujo continuo de cuerpos que buscan su sitio en un mapa sonoro que se irá desplegando a lo largo de casi doce horas. La edición de este año se planteó como un trayecto de múltiples intensidades, sostenido por una curaduría que apostó por el cruce generacional y geográfico, desde figuras legendarias hasta fenómenos contemporáneos capaces de movilizar miles de voces en una sola dirección.

El arranque a primera hora de la tarde correspondió al protagonista que abrió la ruta, Tino el Pingüino, con un set que planteó un estado de ánimo preciso: letras punzantes, cadencia urbana, y una soltura interpretativa que parecía calentar la pista para una travesía de largo aliento. Su presentación sirvió como el primer compás del festival, un aviso de que el día transitaría entre géneros y atmósferas sin necesidad de justificaciones. Minutos después, el tránsito entre escenarios volcó hacia dos propuestas que, aunque cercanas en horario, se desarrollaron en dimensiones distintas: Bandalos Chinos, cuya pulcritud instrumental y dominio del pop sofisticado llenaron el Escenario Casa Bacardí, y Pilaseca, que en la Carpa Tecate apeló a un sonido más orgánico y directo, conectando con un público que buscaba la frescura del rock hecho sin rodeos.

El bloque de media tarde avanzó como un engranaje bien aceitado. En el Escenario Vivir es Increíble irrumpió Elsa y Elmar, portando una energía luminosa que contrastaba con el cielo aún sin decidirse entre nube y sol. Su set, íntimo pero expansivo, formó un puente emocional hacia la presentación de Carlos Sadness, quien minutos después inundó el espacio con su pop melancólico y sus arreglos coloristas. El autor catalán presentó un repertorio equilibrado, cálido, construido sobre una relación muy orgánica con el público que volvió sus canciones en un coro compartido más que en un acto unilateral. En paralelo, Joaquín Medina activó la Carpa Tecate con un discurso sonoro más directo y con guiños a distintos géneros alternativos, atrapando a quienes buscaban algo fuera del perímetro más pop del cartel.

Con el sol entrando en su tramo final, la temperatura del festival subió con dos nombres que captaron multitudes: Nathy Peluso, en el escenario principal, y The Chainsmokers, que tomaron el mismo espacio inmediatamente después. Peluso ofreció un recital que demostró su capacidad escénica total: baile, teatralidad, contundencia vocal y una banda perfectamente articulada. Su show fue uno de los momentos más coreografiados y feroces de la jornada. Minutos después, The Chainsmokers detonaron el tramo más electrónico del festival. Entre estallidos de luces, drops calculados al milímetro y un público eufórico, demostraron por qué siguen siendo uno de los actos de dance-pop más efectivos en festivales multitudinarios. Mientras tanto, en la Carpa Tecate, Meme construyó un set diametralmente opuesto pero igualmente magnético, una travesía más íntima, cargada de virtuosismo y sutilezas que premiaban al escucha atento.

La noche cayó de lleno cuando Billy Idol subió al Escenario Vivir es Increíble. Su presencia, sostenida en décadas de historia, convirtió esa franja del festival en un homenaje vivo al rock. Interpretó sus himnos sin concesiones, con esa mezcla de rudeza y carisma que lo caracteriza, mientras generaciones distintas entonaban sus clásicos como si formaran parte de un archivo emocional compartido. En paralelo, Enjambre y El Gran Silencio dividieron al público en dos pulsos distintos pero complementarios: unos inclinándose hacia la nostalgia melódica del rock alternativo mexicano, otros entregándose al torbellino de ska, barrio y celebración que El Gran Silencio sabe llevar como bandera.

La transición hacia el bloque estelar ocurrió con Zoé, cuya aparición fue recibida como un regreso a un territorio familiar para el público mexicano. Sonaron precisos, expansivos, construyendo atmósferas que parecían flotar sobre la explanada. El manejo de luces y proyecciones reforzó la identidad onírica del proyecto y dejó uno de los sets más cohesivos de la noche. Simultáneamente, Latin Mafia en el Escenario Casa Bacardí repitió la escena de los últimos años: un fenómeno juvenil creciendo sin freno, con un público que canta cada verso con la convicción de un mantra generacional. En la Carpa Tecate, Porter aportó la capa atmosférica y conceptual, ofreciendo una experiencia más sensorial que explosiva, una narrativa que se desplegaba con suavidad y oscuridad en partes iguales.

El tramo final del festival perteneció a dos actos que asumieron el cierre como una responsabilidad y un triunfo: Empire of the Sun y Maldita Vecindad. Empire of the Sun transformó el escenario en un paisaje fantástico: vestuarios luminosos, coreografías estilizadas, un imaginario sci-fi pop que convertía cada tema en una pintura en movimiento. Su sonido fue impecable, y la mezcla entre sus éxitos globales y sus piezas más contemplativas generó uno de los momentos más inmersivos de la noche. Apenas terminaron, ya se escuchaba el rugido que anunciaba a Maldita Vecindad en el Escenario Bacardí, donde el slam, la fiesta y la memoria musical mexicana se dieron cita. La banda demostró que, más que un acto nostálgico, sigue siendo una fuerza viva y poderosa, capaz de transformar cualquier espacio en una celebración colectiva. Mientras ellos cerraban su ritual ska-rock, Caballo Dorado hacía lo propio en la Carpa Tecate, desatando la secuencia más inesperada y festiva del cierre, con público bailando en ritmo colectivo como si fuera una comunión final antes de apagar las luces.

Pulso GNP 2025 dejó claro que su fuerza no reside únicamente en su cartel, sino en la manera en que logra convertir un terreno amplio en un ecosistema musical que respira, se expande y muta con cada cambio de escenario. La circulación entre géneros, la precisión técnica del sonido y la respuesta vibrante del público dieron como resultado una edición sólida, con momentos que quedarán registrados en la memoria emocional de quienes asistieron. Más que un festival, fue una cartografía viva: una suma de trayectos, de voces, de pequeñas historias entrelazadas bajo un mismo cielo queretano que, por una jornada, se convirtió en un mapa perfecto de lo que la música es capaz de articular cuando se presenta con ambición, cuidado y contundencia.

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