Texto: Scarlett Ledesma
El cine adolescente a menudo transita por caminos predecibles, pero en ocasiones logra tocar fibras sensibles al explorar la crudeza de crecer en entornos hostiles. En esta revisión para Cine Frame, analizamos Destrozarme el corazón, la cinta ucraniana dirigida por Mikhail Vaynberg y basada en la novela homónima de la escritora Anna Jane, una obra que va más allá del simple romance juvenil para adentrarse en las cicatrices del acoso escolar, la violencia intrafamiliar y el dolor ineludible de la pérdida. La narrativa nos presenta la clásica dinámica de polos opuestos a través de sus protagonistas: Polina, una joven obligada a abandonar su antigua vida tras el divorcio de sus padres y el posterior matrimonio de su madre con un hombre de carácter volátil; y Barts, el arquetipo del chico rebelde que, marcado por el suicidio de su madre y la negligencia de su padre, sobrevive en la marginalidad de las carreras de motocicletas y las apuestas clandestinas.
El guion acierta al retratar la crueldad que puede existir en las aulas, pues el primer día de clases de Polina se convierte rápidamente en una pesadilla cuando es engañada y estigmatizada por sus compañeros bajo el cruel apodo de “Rata”. La tensión escala hasta llegar a una agresión física en un parque bajo la lluvia, momento de quiebre donde Polina inventa tener un novio para defenderse y Barts irrumpe para rescatarla, asumiendo el rol de su supuesta pareja. A partir de ahí, la cinta utiliza el conocido recurso de la “relación por contrato”, donde ella se convierte en su asistente personal para mantener a raya a los acosadores, desdibujando la línea entre la ficción y la realidad hasta dar paso a un romance genuino que les sirve de refugio frente a sus caóticas vidas. Sin embargo, mientras el amor florece, el entorno se oscurece; la película no teme mostrar la violencia doméstica a través del padrastro abusivo de Polina, al mismo tiempo que el pasado alcanza a Barts, quien se ve forzado a regresar a las carreras clandestinas para saldar una peligrosa deuda.
La convergencia de estos conflictos detona cuando Polina es herida al intentar defender a su madre de su padrastro y Barts llega a rescatarla, pero el destino da un giro abrupto cuando él recibe una llamada de su padre amenazado de muerte, lo que desencadena una huida que termina en un fatal accidente automovilístico donde Barts pierde la vida. El último acto es un duro retrato del proceso de duelo en el que Polina despierta a una realidad sin su ancla emocional, ilustrando la transición hacia la aceptación cuando decide mudarse con su abuela, llevando consigo apenas sus recuerdos y al pequeño gato que simbolizó la unión de ambos. Cintas como esta culminan dejando un mensaje profundo sobre lo efímera que es la presencia de las personas y cómo el amor verdadero deja un legado invaluable en la memoria, funcionando también como un recordatorio urgente de que, frente al bullying escolar, las agresiones familiares o los malos pasos, levantar la voz y buscar a alguien de confianza es el primer paso vital para salvarse.





