Texto: Deftone
Fotografías: Akbal
La noche del 15 de febrero la ciudad cambió de pulso. Afuera de la Arena Ciudad de México el negro fue el color dominante: chamarras de piel curtida, parches bordados con tipografías imposibles, botas gastadas por años de conciertos y miradas que reconocían en el otro a un hermano de causa. No era un recital aislado, era una convocatoria generacional. El llamado llevaba el nombre de Ángeles del Infierno y formaba parte del Todos Somos Ángeles Rock Fest, un encuentro que prometía reivindicar la hermandad del metal en español y que terminó por convertirse en una ceremonia multitudinaria.
Desde las primeras horas de la tarde, el flujo de asistentes fue constante. Familias completas, veteranos de la vieja guardia y jóvenes que apenas descubren el heavy metal compartían cerveza, fotografías y anécdotas sobre la primera vez que escucharon “Rocker” o “Sombras en la oscuridad”. La Arena comenzó a vibrar mucho antes de que sonara el primer acorde. El festival arrancó puntual, calentando motores con una alineación que dejó claro que la noche sería extensa y diversa. La potencia nacional de Transmetal abrió los primeros mosh pits con una descarga de thrash que sacudió la pista.
Después, la teatralidad oscura de Trágico Ballet aportó un matiz gótico que contrastó con la crudeza anterior.
El virtuosismo ibérico de Saratoga elevó el nivel técnico con solos afilados y una ejecución impecable.
Mientras que Kabrönes conectó con la nostalgia de la época dorada de Mägo de Oz, encendiendo gargantas que no han olvidado los coros de estadio.
La expectativa crecía con cada cambio de backline. El público sabía que el plato fuerte llegaría entrada la noche. Pasadas las diez y media, las luces se apagaron por completo y un rugido unánime estremeció la estructura del recinto. Cuando Ángeles del Infierno apareció en escena, la Arena ya era un solo organismo latiendo al mismo compás. El arranque fue demoledor. Las guitarras lanzaron riffs directos, sin concesiones, y la voz rasgada que ha definido a la banda durante décadas se impuso con autoridad sobre la muralla sonora. No hubo tiempo para la tibieza: el concierto fue concebido como una declaración de principios.
El setlist recorrió distintas etapas de su trayectoria, equilibrando clásicos imprescindibles con cortes que mantienen viva la identidad del grupo. “Prisionero” fue coreada por casi veinte mil gargantas como si se tratara de un himno generacional, mientras que “Diabólica” desató una ola de puños en alto que recorrió la pista de extremo a extremo. En “Sombras en la oscuridad”, la iluminación viró hacia tonos rojizos y blancos, subrayando el dramatismo de la letra y creando una atmósfera densa que envolvió cada rincón del recinto. “Rocker” llegó como un recordatorio de su ADN irreductible, celebrando la actitud y la resistencia del género frente a modas pasajeras.
Uno de los momentos más memorables fue la sucesión de invitados que reforzaron la idea de comunidad. La aparición de Luis Álvarez encendió una ovación inmediata; su presencia simbolizó el puente entre generaciones del rock mexicano. También subieron al escenario Benny Rotten, aportando su energía cruda, y los españoles Leo Jiménez y Rafa Blas, quienes reforzaron la hermandad ibérica que dio sentido al festival. Cada colaboración fue recibida como un gesto de complicidad cultural, una confirmación de que el metal en español es un territorio compartido que trasciende fronteras.
La producción visual acompañó con pantallas monumentales, juegos de luces sincronizados y efectos que subrayaban los cambios de intensidad. Hubo incluso un momento ceremonial con danzantes aztecas, un guiño simbólico a la identidad mexicana que provocó aplausos y asombro. Lejos de sentirse forzado, el gesto se integró como parte de un espectáculo que buscaba celebrar el cruce de culturas y la fuerza del público local.
Hacia la recta final, la banda sorprendió con una interpretación de “El Rey”, convertida en tributo al país que los ha arropado durante décadas. La Arena entera cantó el clásico con una mezcla de orgullo y emoción, demostrando que el metal también puede dialogar con la tradición popular sin perder contundencia. El cierre llegó con “Pacto con el Diablo”, ejecutada con precisión y energía desbordada. Las últimas notas resonaron entre aplausos interminables mientras la banda prometía nueva música y un regreso aún más ambicioso en 2027.
Al encenderse las luces, el público tardó en abandonar sus lugares. Afuera, la noche capitalina seguía su curso, pero dentro del recinto había quedado la sensación de haber presenciado algo más que un concierto. El Todos Somos Ángeles Rock Fest se consolidó como un punto de encuentro para la escena pesada en español y, sobre todo, como la confirmación de que Ángeles del Infierno mantiene intacta su capacidad de convocatoria. En tiempos donde la industria privilegia lo efímero, la banda demostró que la constancia, la identidad y la fidelidad a un sonido pueden seguir llenando arenas. El pacto, esa noche, no fue con el diablo, sino con un público que respondió con lealtad y fuego en la garganta.









