Texto: Bruna
En un futuro apenas a la vuelta de la esquina y con la humanidad ya consciente de que no está sola en el universo una flor llamada “Darol”, ubicada en Japón, estalla y libera una amenaza extraterrestre decidida a colonizar el planeta. Esa es la premisa de esta ambiciosa producción animada respaldada por Warner Bros. Japan y Studio 4°C, basada en la obra de Hiroshima Sanurazaka y dirigida por Kenichiro Akimoto. El resultado es un espectáculo visual vibrante que combina invasión alienígena, ciencia ficción bélica y paradojas temporales.
La historia sigue a Rita, una joven que se ve atrapada en medio del conflicto cuando la invasión escala a niveles catastróficos. Sin embargo, la muerte no es el final para ella: cada vez que cae en combate, despierta nuevamente en la mañana del mismo día. El recurso del bucle temporal no tarda en revelar su verdadero alcance cuando Keiji, su compañero de batalla, también comienza a reiniciar junto a ella, consciente de las muertes que ambos han sufrido. Lo que podría ser una ventaja estratégica se convierte pronto en una carga emocional devastadora.
Narrativamente, la película se apoya en la estructura del “día repetido”, inevitablemente evocando referentes como Al filo del mañana, pero logra dotar a su propuesta de una identidad propia gracias a su tratamiento estético y a una sensibilidad más cercana al anime de autor que al blockbuster occidental. Cada repetición no solo incrementa la tensión bélica, sino que profundiza en el desgaste psicológico de sus protagonistas. Rita no es una heroína invulnerable; cada reinicio la acerca más a la victoria, pero también al límite de su resistencia.
Visualmente, el sello de Studio 4°C se hace evidente en el uso expresivo del color y en el diseño de criaturas alienígenas que oscilan entre lo orgánico y lo abstracto. La flor Darol no es solo un detonante argumental, sino una metáfora visual potente: belleza y destrucción coexistiendo en una misma imagen. Las secuencias de acción están coreografiadas con dinamismo, pero la cinta encuentra sus momentos más sólidos en los silencios posteriores a cada derrota, cuando el peso de la repetición se vuelve casi existencial.
El conflicto central romper el ciclo y destruir la fuente del mal para recuperar el flujo natural del tiempo funciona como motor dramático claro. Sin embargo, la película va más allá del simple objetivo bélico y plantea preguntas sobre el sacrificio, la memoria compartida y el costo emocional de tener “una oportunidad más”.
Distribuida en salas por Cinépolis, la cinta se presenta como una experiencia que gana fuerza en pantalla grande, donde su despliegue cromático y sonoro puede apreciarse en toda su dimensión. No reinventa el subgénero de bucles temporales, pero lo revitaliza con una energía juvenil y una carga emocional efectiva.
En definitiva, estamos ante una obra que mezcla espectáculo y reflexión con equilibrio. Si conectaste con relatos de ciencia ficción donde cada muerte es también aprendizaje, esta propuesta te mantendrá al filo del asiento mientras Rita intenta, una y otra vez, cambiar el destino de Japón. La pregunta no es solo si logrará salvarlo, sino cuánto está dispuesta a perder en el intento.






