Texto: Jorge González
En un panorama donde el cine mexicano parece debatirse entre la comedia formulaica y el drama de autor ensimismado, Venganza irrumpe como una anomalía necesaria. No es una película perfecta está lejos de serlo, pero sí representa el tipo de apuesta industrial que debería repetirse con mayor frecuencia si se quiere revitalizar el cine de acción nacional.
Desde su presentación en conferencia de prensa, el equipo habló de una “ruptura” en el género de acción mexicano, una ausencia que se arrastra desde hace décadas. Hace apenas un par de años, títulos como El Día que Todo Cambió y El Halcón intentaron abrir conversación sobre el lugar del cine de vigilantes o superheroico en México, llegando tarde a una tendencia que en otros mercados ya mostraba signos de agotamiento. Venganza no se adscribe del todo a esa corriente; no es cine de superhéroes ni estrictamente de vigilantismo. Es, ante todo, una pieza de acción directa, producida por Amazon Prime Video como parte de su estrategia de fortalecer el contenido local, pero con paso previo por salas gracias a Cinépolis, algo poco común para este tipo de producciones en streaming.
La cinta carga con una ventaja y un lastre simultáneos: su protagonista, Omar Chaparro. Para el público general, es uno de los rostros más reconocibles del cine mexicano contemporáneo. Para la crítica más severa, su nombre evoca inevitablemente el fenómeno de las comedias comerciales como No manches Frida, frecuentemente citadas como ejemplo de la previsibilidad industrial del sector. Sin embargo, aquí Chaparro demuestra una entrega física y dramática que recuerda que su carrera no ha sido producto del azar. Hay disciplina en su interpretación, un intento genuino por habitar el registro de acción sin ironía autoparódica. No es un “star talent” improvisado, sino un actor que busca expandir su rango.
A su lado, el elenco aporta matices que elevan el conjunto. Resulta llamativo que personajes secundarios como “Lola” y “El Novato” logren imprimir personalidad en apariciones relativamente breves, mientras que la dupla principal Chaparro y Speitzer sostiene el conflicto central con convicción. La química y el compromiso del reparto ayudan a que la película no se perciba como un simple experimento de plataforma.
Más interesante aún es la posición ideológica que adopta Venganza. En un contexto donde parte del cine de autor mexicano ha sido señalado por su visión derrotista un realismo que a veces parece incapaz de concebir alternativas más allá del desastre, esta película propone otra vía. Aborda temas como la corrupción dentro de las fuerzas armadas, pero se niega a instalarse en el nihilismo absoluto. Sin caer en el optimismo ingenuo, intenta esbozar salidas posibles. No necesariamente finales felices, pero sí horizontes menos asfixiantes.
Eso no significa que esté exenta de tropiezos. El paso del primer al segundo acto se resuelve con un deus ex machina evidente que debilita la coherencia narrativa. Hay momentos de torpeza estructural y ciertas decisiones de guion que podrían haberse trabajado con mayor rigor. Pero incluso en esas fallas se percibe la intención de arriesgar, de intentar algo distinto a la comodidad del molde probado.
En última instancia, Venganza no es la consolidación definitiva del cine de acción mexicano, pero sí un síntoma alentador. Se atreve a plantear una propuesta que no gira en torno al narcotráfico como eje exclusivo y que entiende la acción como vehículo de reflexión social sin sacrificar entretenimiento. Tal vez no inaugure una nueva era, pero abre una conversación que vale la pena continuar. Y en un ecosistema que necesita diversificarse con urgencia, eso ya es un mérito suficiente para recomendarla antes de que aterrice definitivamente en el catálogo digital.






